Evocó una imagen cuasinupcial entre él y su destino, merecía esa motivación, esa sensación de unión mediante presagios y conjeturas imprecisas pero fervientes y artífices de una predisposición que lo llevaría al cambio buscado. Ésa cualidad imploraba, la necesitaba como un bebe necesita su calostro.
Su pasado suscitaría el rescoldo consecuente en el presente y, éste a su vez, la necesidad de mutar. Fue un niño hermético y taciturno, sucumbió ante el fracaso personal en la sociabilidad, no sabía las maneras. Buscó la metamorfosis en su habitación, en el baño, en la cocina, pero no tuvo éxito en ello, sabía que tenía que lograrla en su mente.
Una vez, dando las once y media de la mañana, se erigió luego de estar pensativo en su cama. Sólo observo el calendario y se echó a dormir.
Este niño, de unos cortos 13 años, con la nariz redondeada y la cara redonda, salió cierto día de octubre a tomar un paseo en sus mocasines (muy cómodos) por la plaza contigua a su manzana y a deleitarse con el pitido de los ''pássaros'' que anunciaban la nueva alba. Extraño suceso fue el de su caída al suelo, ya que no logró vislumbrar con qué había tropezado, sólo sufrió una comezón leve en su cabeza y vio un cenagal de sangre, pero se convenció de que sólo había sido una ilusión. Pero ahora era tarde, él estaba inconsciente. Los pocos minutos que duró cuerdo sólo pudo identificar que lo llevaban a rastras hacia una furgoneta negra en la que pudo leer la patente: FALL 722
El tiempo transcurrió. Para cuando había retornado a la vigilia se creyó la noche, lo cercioró con el reloj que le habían regalado para la séptima efeméride de su nacimiento. No se había percatado de que se encontraba dentro de la furgoneta, la cual estaba detenida, y del atranco de su cintura con la pretina. Por suerte o destino tenía todavía el alicate que sobresalía de los bolsillos de su pantalón, este artilugio poseía también un cuchillo no muy afilado pero bastó para librarse de tal traba. Con una temeridad involuntaria, inconsciente, bajó de la furgoneta para sorprenderse con el lugar lúgubre en el que se encontraba. Un cementerio.
Centenares de filas de lápidas tétricas, clásicos cuervos chillando y una obscuridad truculenta, arrestada por una pobre iluminación, ambientaron tal escenario. El niño, sin influenciarse por lo que veía, se preservó audaz. Sólo 43 pasos le bastaron para encontrarse ante la misma desgracia. Una lápida con un aura que no pertenecía a éste mundo ni a éste tiempo le suscito el pavor más intenso que habría de vivir jamás. La susodicha dejaba entrever unas letras erosionadas por el paso de unos 100 años aparentes: Lápida 722. 25 de octubre de 1917.

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