La batería amplísima de posibles temáticas a desarrollar que, en un principio, se me presentaba de la mano del narcisismo, fue reducida involuntariamente a una serie de cuestiones. Esta reducción involuntaria se ha efectuado a expensas de una sucesión de peripecias experienciales que se suscitaron en mi vida, en los últimos tiempos. Siempre tengo presente la idea de que en una reflexión están implicados y comprometidos, implícitamente, el sujeto y su historia de vida.
Con todo, no creo que haya algo más sincero y honesto que, sin más, sumergirme en estos vértices de análisis, aunque no descuido que esta vehemencia me puede llevar a pecar (en tanto lo mío se trata de una visión céntrica del tema). No obstante, esta posición que acarreo, no puede ser artífice de una pérdida de valor de mi reflexión. Pienso que, al menos, esta condición vivencial merece ser aprovechada para este desarrollo.
Antes de dar inicio, debo salvaguardarme con algunos escudos para que mi cobardía quede subyugada desde ya, de manera que yo pueda afrontar esto intrépidamente.
Infortunadamente, sufro de una profunda ignorancia sobre la mayoría de temas abordados por todas las investigaciones precedentes a la que estoy desarrollando. Esto pone en jaque a mis ulteriores conclusiones, presentando la posibilidad de la redundancia indeseable.
Los enlaces teóricos que haré pueden ser innecesarios o erróneos, pero son los únicos que me llevarán hacia donde quiero ir.
Deseo introducir brevemente a lo que será el desarrollo, mencionando que el narcisismo es un concepto muy amplio. Debe evitarse, estrictamente, tomarlo en su acepción más banal, como cuando se lo suplanta por un mero egocentrismo y demás.
El concepto de narcisismo será acotado tanto como lo exijan nuestros focos de interés, que son los vínculos afectivos y el duelo.
Que el narcisismo, básicamente, consiste en el trato sexual hacia el propio cuerpo, es algo que ya sabemos. Más allá de eso, y de todo lo que pueda decirse a ese nivel, debemos averiguar, especulativamente, qué sucede con el narcisismo en un vínculo afectivo y en un estado de duelo.
Con todo lo dicho, ya estamos listos para abordar de lleno el desarrollo neto de esta cita. Avancemos.
Desarrollo
Si consideramos al narcisismo individualmente (restringido a un solo sujeto), veremos que lo podemos imaginar como una carga libidinal indistinta que solo adquiere el rasgo narcisista cuando se le asigna, como destinatario, el propio cuerpo.
Debemos saber que, a partir de Freud en "Introducción al narcisismo" (1914), el sujeto experimenta una rebaja en su narcisismo o en su “amor propio” cuando construye un vínculo afectivo (relación de pareja, amistad, etcétera).
El presente desarrollo se propone mantener un miramiento por la díada, sin limitarse a un análisis individual. Entonces, imaginemos que los dos sujetos experimentan una rebaja en su narcisismo. ¿Dónde queda la libido? Si no damos una respuesta (provisoria al menos) estamos faltando a lo planteado por Freud en los fundamentos. Cada descubrimiento metapsicológico debe incluir sus tres aspectos. El económico, en parte, implica discernir qué destinos tiene la libido en sus vicisitudes.
Propongo, humildemente, que el destino es un espacio intersubjetivo y compartido, que es lo que da vida a un vínculo. Es un sacrificio libidinal, donde se quita desde el yo para dar al otro (que podría ser considerado como una representación psíquica).
Lo importante de esto es tener en cuenta que lo cedido mutuamente ya no es propiedad de nadie, pero sí se puede inclinar hacia un lado u otro. Es decir, la meta es mantener el equilibrio. Desde este momento, ambas cargas quedarán atadas entre sí.
Esto, que puede parecer raro, nos permitiría explicar un fenómeno curioso que ocurre entre las parejas o las relaciones en general. Lo plantearé lo mejor posible.
He notado, a lo largo de mi corta vida, que hay vínculos que fracasan por una razón peculiar: una parte está mucho más dispuesta que la otra. Hay otros vínculos que ni siquiera llegan a iniciarse, por el mismo motivo. Mientras en una parte se observa entusiasmo excesivo, en la otra se puede notar un desinterés o incluso repulsión hacia el otro.
No cuesta nada pensar que lo que sucede, ejemplificado en nuestro postulado, es que la combinación de cargas se inclinó hacia una parte, dejando a la otra desprovista de libido compartida. Veamos que esto produce una retroalimentación, donde esta última persona se esfuerza en balancear esta situación. Pero lo único que hace, al sobreinvestir a la otra parte, es empeorar la situación.
Además se puede ver una interdependencia en esta combinación de cargas. El aumento de una implica la reducción de otra.
Creo que nada nos impide pensar que esta carga libidinal compartida produce alteraciones en el narcisismo de cada persona según dónde se ubique. Sin duda, una carga que se inclina hacia una persona en particular, le hará sentir a esta que está llegando a un tope, o que está en desequilibrio.
No hace falta avanzar mucho más para suponer que el éxito (continuidad sana) de un vínculo se logrará, en buena parte, cuando haya un equilibrio en las cargas.
Pasemos al tema del duelo. Desde los fundamentos psicoanalíticos clásicos, se sabe que el duelo es un proceso que debe atravesar una persona para afianzar sus lazos libidinales con sus objetos. Este proceso es desatado por la pérdida de un objeto, al que se le destinaba cierta cantidad de libido. Mientras mayor sea esta cantidad, más duro será el proceso de duelo. Esto último plantea una proporcionalidad directa.
Pensemos qué ocurre cuando un objeto es perdido. La libido que se le destinaba debe retirársele, a medida que la persona es consciente de su pérdida. Esta libido debe ser distribuida entre los demás objetos que siguen presentes, lo que renueva los lazos con el mundo externo e interno —diría Klein—.
Sobre esta última autora, debo destacar un aporte fundamental para el tema del duelo. Desde Freud y Abraham decimos que el duelo concluye con la introyección del objeto perdido. Pero Klein añadió que el duelo no solo implicaba esto, sino también un reforzamiento de los lazos libidinales con los objetos buenos internos. Entonces, es aquí cuando yo me pregunto cómo relacionar, lógicamente, la pérdida de un objeto con los aportes kleinianos.
Veamos, cuando uno tiene un objeto amado por excelencia, implica que el mismo está sobreinvestido, en algún punto. Si este objeto concentra mucha carga libidinal cuando está presente, los demás objetos no se verán amenazados porque "todo cierra", es decir, la libido se encuentra invertida en su totalidad.
Hipotéticamente, si este objeto es perdido, va a haber una gran porción libidinal frustrada (sin encontrar su objeto). Aquí se produce un desequilibrio, donde la meta es distribuir la libido anobjetal entre el resto de los objetos (el yo incluido). Esta es la conexión que puedo encontrar entre los aportes freudianos y kleinianos: la renovación de los lazos libidinales con el resto de los objetos buenos es algo lógico y esperable, debido a que toda la libido que devino frustrada tiene que encontrar nuevas rutas (o viejas, quién sabe) para retomar el equilibrio.
Quisiera arriesgarme e ir mucho más allá (quizá demasiado). Cuando se atraviesa un duelo normal, el sujeto es consciente de su pérdida. Pero no es solo eso: su pérdida es la única de la cual es consciente. Solo basta pensar en las vivencias propias. ¿Realmente se piensa en los objetos buenos internos y su inestabilidad? Para nada, se es puramente consciente del objeto perdido y no así del riesgo que corre el mundo interno, producto de esa pérdida. Esto nos lleva a pensar que este fenómeno ocurre en el inconsciente. Ahora bien, ¿qué caracteriza al inconsciente? Muchas cosas, pero la que nos interesa es la condensación y su efecto en la consciencia. Es aquí donde se nos permite afirmar que las representaciones conscientes pueden ser representantes de muchas representaciones inconscientes. Si esto es cierto, ¿qué cosa nos impide pensar que la representación consciente del objeto perdido se torna representante de las representaciones inconscientes de los objetos buenos internos?
Es ahora cuando podemos analizar bajo una nueva luz los postulados kleinianos, y todo esto nos permite hacernos una idea de por qué el trabajo de duelo es, justamente, un trabajo doloroso. La angustia desatada en el proceso, que antes parecía injustificable, ahora, sabemos por qué se la debemos a mucho más que la pérdida de un objeto amado.
Hasta ahora, en este desarrollo, el tema del duelo no se ha involucrado por sí solo con el narcisismo. Por eso, tendremos que atender a esta posibilidad de relacionarlo.
Creo que, desde lo ya dicho, el punto de conexión más importante se da en un momento del trabajo de duelo, cuando el sujeto retrae su investidura libidinal hacia sí. Esto, según Freud, también se ve en la enfermedad orgánica y en la hipocondría: el desinterés libidinal por el mundo exterior.
Esta retracción tiene como finalidad la sanación del sujeto doliente. Cuando se dice que esta libido se retira para volver hacia el yo, hay algo que resulta confuso. Nosotros dijimos anteriormente que la libido frustrada debe distribuirse entre los objetos internos, incluido el yo. Veamos que aquí el yo está al mismo nivel que el resto de los objetos. Entonces pensemos que, si bien el sujeto doliente expresa un desinterés por el mundo exterior, no debe ser considerado como megalómano, ya que el nuevo objetivo libidinal está más en su mundo interno que en él mismo. Debe fortalecer sus lazos internos, y esto le otorga cierta clasificación dentro de las manifestaciones narcisistas, pero no presupone un delirio de grandeza.
No estando conforme yo con esto —ya que la relación nimia entre narcisismo y duelo que pude encontrar no me satisfizo— espero que, involucrando también a los vínculos afectivos, surja algo mejor.
Retomemos el ejemplo de la carga libidinal compartida. Ha quedado claro que, a mi parecer, el vínculo afectivo entre dos individuos está representado, esencialmente, por una combinación libidinal efectuada intersubjetivamente. En ese sentido, esta carga demuestra que la relación entre dos sujetos supera, indefectiblemente, a cada uno por separado, o a ambos considerados como un mero conglomerado (sin sinergia).
Desde Freud, en "Duelo y melancolía" (1917), es bien sabido que el desencadenamiento de un trabajo de duelo no está circunscrito, únicamente, al fallecimiento de una persona.
Es esto lo que nos permite insertar al duelo aquí. Entonces ¿qué sucede con esta carga combinada? Supongamos que se suscita una ruptura del lazo vincular entre dos individuos. Para ello consideraremos dos situaciones, porque son las únicas que he podido vivenciar y las que me interesan para este desarrollo.
En la primera, tenemos un vínculo afectivo medianamente equilibrado, donde se podría decir que el quiebre se produce por la mitad de la carga compartida. Aquí puede suponerse que las dos personas van a experimentar una falta que desencadenará los respectivos trabajos de duelo. Es totalmente verosímil que haya una disparidad entre los tiempos/esfuerzos que deberán atravesar los dos, ya que tenemos bien sabida la influencia de toda una historia de vida que acarrea cada uno. Esto demuestra que, más allá de las condiciones actuales, se agregarán factores muy anteriores.
La situación es más digna de reflexión cuando la carga compartida presenta un desequilibrio (donde un sujeto está invirtiendo más libido que la otra persona). El problema, aquí, es que tenemos muchas posibilidades. ¿Es factible que, si una persona retira su interés libidinal por la otra, esta última aumente su interés por la primera? En efecto, encontramos que, en ocasiones cotidianas, es recomendado aparentar un desinterés por el otro para lograr que este último se interese más. Por eso, me pregunto si se puede hallar un fundamento metapsicológico que explique por qué la indiferencia o el desinterés atrae.
Solo por el afán de no dejar esta pregunta sin responder, voy a presentar una solución. La misma, es bastante rara y totalmente reemplazable por una más lógica, pero hasta hoy solo dispongo de eso.
Anteriormente hablé de una retroalimentación, pero no profundicé en ello; ahora es cuando. Supongamos que la carga compartida se deslizó e inclinó hacia un individuo (quizá porque este último retiró considerablemente su interés libidinal). Esto causará una pérdida de equilibrio para el otro individuo, quien se esforzará por restablecerlo. ¿Cuál es la vía más cercana de la que dispone para ello? Para mí, reponer la falta desde su libido yoica. Quizá no sea una vía efectiva, pero entendamos que el mismo desequilibrio no deja razonar bien estas cuestiones, lo que da paso a la vehemencia. Esto, lejos de remediar, incrementa el distanciamiento —según lo que he podido observar— llevando a una ulterior disolución del vínculo afectivo.
En esta disolución sí se observa un desenlace asimétrico, donde el individuo que ha sobreinvestido a su objeto debe penar mucho más por él que su otro. Aquí está el fenómeno curioso. Me estaría resultando, cuando menos, complicado hallar un fundamento que dé cuenta de por qué al individuo "retraído" le pesa mucho menos la disolución del vínculo. Pero la falta —hasta hoy— de fundamento que sufre esta disparidad —que ya no está únicamente influenciada por la historia de vida de cada sujeto— no la transforma en un fenómeno ilógico ni esporádico.
Pero, nuevamente, para no dejar esto sin respuesta, propongo que la libido retraída está más cerca del yo y su mundo interno. Por eso, el esfuerzo puede ser menor en ese caso, mientras que en el otro sujeto, que se encuentra sobreinvistiendo a su objeto de amor, ha de presentarse una distancia mayor entre la libido invertida y el yo, lo que implica mayor frustración y mayor requerimiento de tiempo y esfuerzo para la realización de un trabajo de duelo.
Ahora sí estoy más satisfecho (no del todo, por supuesto) con la relación efectuada entre nuestros tres pilares conceptuales. Aunque algo nuevo ha cuajado en mí. No puedo más que presentarlo con la humildad correspondiente a su atrevimiento.
Esta idea naciente consiste en una nueva virtud, que puede ser adjudicada a nuestro concepto rudimentario de carga libidinal compartida. Me atreví a pensar que es posible que los mecanismos de transferencia se ejecuten a través de este canal libidinal. Esto hace pensar que el canal es una premisa; si no existiese no habría mecanismo de transferencia alguno. Es algo arriesgado, pero digno de atención a la vez.
Lo que se acepta hasta ahora en el psicoanálisis es que, en un vínculo afectivo, se suscitan identificaciones, proyecciones, introyecciones; un intercambio intersubjetivo de rasgos de la personalidad (gustos, deseos, temores, actitudes, etcétera). Pero solo hacen falta algunos pasos para llegar a pensar que estos intercambios deben tener un canal, y que ese surco que se forma es fruto del accionar de la libido entre los sujetos. Difícil sería delegárselo a otro causante; hemos llegado a la conclusión de que lo esencial del vínculo está en esta carga libidinal compartida que sobrepasa a cada uno, que flota por encima.
Conclusiones
Acotaré, lacónicamente, las conclusiones que puedo extrapolar de nuestro desarrollo.
Los vínculos afectivos están esencialmente definidos por una combinación intersubjetiva de cargas libidinales.
Esta carga libidinal es la que otorga un carácter holista al vínculo afectivo, que hace que este último "supere" a cada individuo por separado.
En un duelo, la renovación de los lazos libidinales halla su explicación si se considera que la libido frustrada es distribuida entre los objetos internos.
Si en el trabajo de duelo solo somos conscientes del objeto que perdimos y no así de la inestabilidad de los objetos buenos internos, todo indica que el objeto perdido actúa como representación representante del mundo interno, suponiendo un proceso de condensación previo.
En un vínculo afectivo desequilibrado, generalmente, se presentará un proceso de retroalimentación que instará al individuo a entregar cada vez más libido al otro, quien se encuentra retraído. Esto, eventualmente, conducirá a una disolución del vínculo.
El medio a través del cual se desencadenan los mecanismos de transferencia es un canal intersubjetivo creado a expensas del accionar de la libido.